El día de hoy ha estado lleno de sorpresas, todas buenas, pero el relato se va a centrar sólo en una de ellas. El trabajo en las tumbas de Baki y de Ay está condicionado por la necesidad de cerrar sus entradas antes de volvernos a España, por lo que el tiempo apremia y no podemos relajarnos ni un minuto. A primera hora de la mañana, Pito fotografió el suelo del patio de entrada a la tumba de Ay, con una decena más de sus conos funerarios caídos, desperdigados por la entrada. Carlos y el mudir documentaron su posición y luego los retiraron. Mientras tanto, Ibrahim excavaba a la entrada de la tumba de Baki, sacando a la luz un cuidado y original escalón de entrada u algún pequeño fragmento de las jambas de la puerta, talladas en arenisca (el resto son sillares de caliza) e inscritas con sus títulos y nombre.
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Nieves le venda el pie al rudo rais Alí, el Qiftaui, también él humano.
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Carlos y el mudir documentan los objetos caídos a la entrada de la tumba de Ay.
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Curro prepara la foto del escalón de entrada a la tumba de Baki.
A continuación, Ibrahim pasó dentro y comenzó a excavar al otro lado del umbral de entrada. Un murete de adobe, tal vez levantado en época romana, atravesaba el acceso al interior. En la pared de la derecha de la estructura original se conservaba un lienzo pintado, lo poco que quedaba de la decoración de la tumba de Baki, de mediados de la dinastía XVIII, en torno al año 1430 a. C. La pared contigua y perpendicular a ésta se encontraba tapada por un muro de adobe, recubierto con mortero. Ibrahim fue poco a poco retirando el mortero y los adobes, sacando a la luz, paso a paso, parte de una inscripción biográfica de Baki, en la hace referencia a su tarea de supervisor del ganado y hace hincapié en su comportamiento modélico.
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Los primeros registros de la inscripción salen a la luz.
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Pito documenta el proceso paso a paso.
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Ibrahim trabaja despacio y con mucha atención.
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Ibrahim retira uno de los adobes que cubría la inscripción.
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Ibrahim permanece concentrado en el trabajo y contento con el resultado.
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Pía y Curro analizan el estado de conservación de la piedra.
La luz de la tarde incidía de lado en la inscripción, posibilitando su lectura incluso desde cierta distancia, a la vez que dotaba a la sala de un ambiente cálido y de recogimiento. Sólo se oía el tintineo del palaustrín de Ibrahim rascando los adobes. Nadie hablaba. Todo iba muy lento. Ver cómo la delicada inscripción, con los signos jeroglíficos coloreados en dorado para brillar con los rayos de sol, iba surgiendo poco a poco de detrás de los toscos adobes ha sido una experiencia inolvidable, un auténtico placer.
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Pía consolida los fragmentos que amenazan con desprenderse.
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Pito no pierde detalle y disfruta a tope con lo que ve a través de su cámara.
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El último registro de la inscripción ahora visible.
Y pensar que por allí encima pasó Champolion y no vio nada de esto. Y pensar que por allí encima nos habíamos arrastrado nosotros cuando entramos por primera vez en la sala, hace ya años (cuando no sabíamos que era la tumba de Baki). Y pensar todas las veces que hemos estado pasando por delante sin ver lo que ahora vemos. Y todo gracias a los romanos que taparon la pared… Y ahora gracias a Ibrahim que la desvela, y a Pía que la consolida, ya a Carlos que la documenta, Y a Pito que la fotografía. Eso es, tal vez, en parte, la Arqueología.


