13 de enero 2026

La verdad es que las tumbas de Djehuty y de Hery son una auténtica maravilla, y haberlas conseguido abrir al público hace un par de años supone un gran hito y, a la vez, una enorme satisfacción el poder compartir con todos los que pasen por Dra Abu el-Naga nuestra gran suerte. Hay tumbas mejor conservadas, como la de Mena, la Nakht, Rekhmira, Sennefer, Ramose…pero las de Djehuty y Hery, al estar decoradas en relieve y no tener apenas policromía, transmiten muy bien el ambiente de una tumba excavada en la roca de la montaña. El acondicionamiento para abrirlas al público, desde el techo de metal, hasta la iluminación con luces led, así como la restauración de las paredes y la consolidación del suelo, paradójicamente consiguen transportarte al antiguo Egipto.

Si bien la decoración de las paredes de las tumbas ha sufrido bastante, tanto la tumba de Djehuty como la de Hery conservan detalles maravillosos, que reflejan la gran calidad artística que conseguían los talleres de Tebas en torno al año 1500 a. C. Además, ambos personajes y sus monumentos funerarios están llenos de historias de todo tipo, de sus protagonistas y de la sociedad de la que formaban parte. Djehuty no se llegó a casar y no tuvo hijos. Su padre era, probablemente de Palestina y, por causas desconocidas, él y su familia sufren damnatio memoriae tras su entierro, es decir, su nombre y su rostro son sistemáticamente borrados. Con ello se pretendía condenarles al olvido y, con ello, privarles de la vida eterna en el más allá, la cual estaba ligada a la memoria.

 Por su parte, Hery decide dar protagonismo a su madre y a la reina madre Ahhotep, ignorando a su padre, que ni siquiera es mencionado, y relegando a su esposa a un papel secundario. Habiendo vivido en la época en la que el tebano Ahmose unifica el país, tras derrotar a los hicsos asentados en el delta, y convierte a Tebas en capital del Alto y Bajo Egipto, Hery ni lo menciona y, sin embargo, el nombre de su madre se graba en la roca al menos dos veces. Su tumba es pequeña, pero la calidad de los relieves es “clásica”, como así supo verlo Champollion, cuando entró en la tumba de Hery acompañado por Rosellini, en 1829.