11 enero 2010

Un año más, el noveno, nos reencontramos con Djehuty en la ladera de la colina que se yergue en medio de la necrópolis de la antigua Tebas. Una vez más las maletas viajan llenas de ilusiones, nervios, esperanzas e incertidumbres. Los amigos a menudo nos preguntan, “¿y este año que vais a descubrir?”, una pregunta comprensible, pero difícil de responder, pues nunca sabemos de antemano lo que vamos a encontrar. Antes de la campaña, en las reuniones de preparación del trabajo, se ponen sobre la mesa distintas posibilidades, hipótesis con más o menos fundamento, pero luego la realidad se encarga de corregirte, introduciendo el factor sorpresa y subrayando el aspecto imprevisible de la conducta humana. Sabemos dónde vamos a trabajar y lo que en teoría, estudiando casos similares y contemporáneos, cabría esperar encontrar, pero luego, donde crees que tienes posibilidades de hallar algo de importancia te llevas una decepción, y la excavación que crees que será infructuosa te sorprende con un hallazgo espectacular.

El mudir se adelantó al grupo y viajó unos días antes a El Cairo para firmar y recoger los papeles de esta campaña. El comité Permanente del Consejo Supremo de Antigüedades aprobó, en su reunión de noviembre, todos los puntos de nuestro plan de trabajo para esta campaña. El Secretario, el Dr. Mohamed Ismail Khaled, tenía ya todo dispuesto en su oficina de Zamalek y el asunto no llevó más de una hora. Luego, el José Manuel se pasó por la embajada española, que está muy cerca, a saludar al embajador, que es un gran amante de la arqueología. Y rápidamente al aeropuerto, en un taxi destartalado y con el tiempo justísimo para no perder el avión a Luxor.

Al día siguiente tocaba por la mañana papeleos a ambos lados del Nilo, primero en la orilla este con Mansur Boraek, jefe de las excavaciones de todo Luxor, y después con el jefe de la orilla oeste, Mustafa Wasiri. El inspector que nos va a acompañar durante toda esta campaña apareció un poco tarde porque vive en Esna, a media hora en coche hacia el sur. Se llama Aamer Amin el-Hifni y parece un hombre discreto y amable. Al principio hubo un poco de lío en la oficina de Mustafa porque no tiene un sello oficial con su nombre y para cerrar la tumba al final de la campaña hace falta tenerlo. Pero el asunto se solucionó pronto y al medio día conseguimos abrir las tumbas del yacimiento y dejar todo listo para el día siguiente.

Mientras tanto, parte del equipo conseguía despegar del nevado aeropuerto de Barajas rumbo a Luxor, con sólo dos horas de retraso. La embajada de Egipto en Madrid nos proporcionó visados por dos meses, y Egyptair nos volvió a permitir viajar con unos kilos de más. Pasada la media noche estábamos cenando los diez primeros integrantes del equipo en el Marsam y repasando el plan para mañana.